Por Merce Rilo | Serie:🚭 Dejar de fumar: la llave de mi libertad
Todos tenemos hábitos, creencias o situaciones que parecen formar parte de nosotros.
Algunas nos acompañan durante años hasta el punto de que olvidamos cómo era la vida antes de ellas.
Esta es la historia de una de las llaves más importantes que encontré en mi vida: dejar de fumar.
No es una historia de perfección ni de fuerza de voluntad extraordinaria. Es la historia real de una mujer normal que durante más de veinte años creyó que el tabaco era parte de ella… hasta que descubrió que no lo era.
Porque a veces la llave no está en aprender algo nuevo, sino en darse cuenta de algo que siempre estuvo delante de nuestros ojos.
«NO HAY DOS SIN TRES»
Siempre se dice que «no hay dos sin tres», y en el caso del tabaco, esta frase es más cierta que nunca.
Porque nadie se queda en un solo cigarro. Ni en dos.
Empiezas con uno, luego con otro y, cuando te quieres dar cuenta, ya forma parte de tu vida, de tus rutinas y hasta de tu identidad.
A mí me pasó exactamente así.
Recuerdo perfectamente el primer cigarro que fumé.
Tenía 16 años y ver a los mayores con su cigarro en la mano me daba la sensación de que ellos tenían algo que yo aún no tenía: madurez, experiencia, una especie de pase VIP a la adultez.
Y yo quería ese pase.
Era como entrar en el club de los mayores sin que nadie te pidiera el carnet.
No sabía muy bien si me gustaba fumar o si estaba fingiendo, como cuando te pruebas los tacones de tu madre y caminas como si fueras la reina de la pasarela… aunque por dentro estés deseando volver a tus zapatillas.
Pero ahí estaba yo, con mi pitillo en la mano, sintiéndome mayor y moderna, sin imaginar que aquel «juego» me iba a acompañar durante más de veinte años.
El primer cigarro fue una mezcla de emoción y asco.
Tosí como si me hubiera tragado un tubo de escape, pero claro, no podía mostrar debilidad.
Así que insistí.
Y cuando conseguí aguantar una calada sin poner cara de estar a punto de morir, me sentí triunfadora.
Después vinieron muchos más.
Porque fumar no es solo fumar.
Es el cigarro con el café.
El cigarro después de comer.
El cigarro en los descansos del trabajo.
El «vamos a fumar» que une más que muchos planes.
Pero hay algo que nadie te dice al principio:
el tabaco no es solo un hábito.
Es un contrato a largo plazo con un asesino silencioso.
Y cuando te das cuenta, ya estás dentro.
Yo tardé muchos años en reconocerlo.
No fue por falta de información ni porque no viera las advertencias de las cajetillas.
Simplemente no quería verlo.
Porque admitirlo significaba plantearme dejarlo.
Y dejarlo no estaba en mis planes.
Ni siquiera durante el embarazo.
Cuando me quedé embarazada, todo el mundo esperaba que dejara de fumar… menos yo.
Sí, sí, así de claro.
Reduje la cantidad, eso sí, que tampoco soy una inconsciente.
Pero me repetía aquella famosa frase:
«Es mejor fumar que la ansiedad para el feto.»
Ahora lo recuerdo y me pregunto cómo no me dieron un diploma honorífico por semejante argumento científico.
La realidad era mucho más sencilla:
me gustaba fumar y no quería dejarlo.
Porque nadie deja de fumar si no quiere hacerlo de verdad.
Da igual lo que te digan.
Da igual las advertencias.
Da igual todo.
Si la decisión no nace dentro de ti, ninguna presión externa puede hacer el trabajo.
Y yo todavía no estaba preparada.
Pero todo llega.
Y cuando llegó mi momento, lo supe con una certeza absoluta.
Durante muchos años pensé que fumaba porque quería. Hoy sé que fumaba porque nunca me había parado a cuestionarlo.
Esta fue una de las primeras puertas que tuve que abrir para encontrar una de mis llaves más importantes.
— Merce · MLLV 🔑 Mi Llave de Vida
Recorre tu milla, encuentra tus llaves, vive tu verdad.
💬 ¿Recuerdas qué hábito, decisión o creencia empezó siendo algo pequeño y terminó formando parte de tu vida?
👉 Continúa leyendo: Capítulo 2: El día que decidí dejar de fumar


